Paseaba un día un jefe de proyectos por el campo. Tras años de rayos catódicos era su primer paseo por el páramo castellano. Lo necesitaba. La ocasión merecía los pantalones y las botas que estrenaba, recién compradas en la tienda del aeropuerto.
Iba pensando en lo bucólico del paisaje y la paz que se respiraba y lo lejos que estaba ahora de las estresantes reuniones de trabajo, cuando vio en la lejanía; para un informático 350 metros son la lejanía, un pastor de ovejas con rebaño de discreto tamaño. No más de cincuenta recursos eran los que el pastor gestionaba.

En ese preciso instante el modesto pastor vio al “pimpollo” y pensó… vaya, otro que estrena botas, mañana con ampollas… mientras arrancaba una lasca de queso con su navaja.
En esto el “pimpollo” ya estaba a su lado. El pastor levanto la cabeza, miro a nuestro jefe de proyectos y le tendió un trozo de queso. Debemos saber, que en la Castilla profunda, la hospitalidad se muestra más de gesto que de palabra.
El jefe de proyectos cogió el queso, sin poder evitar pensar: “que uñas más negras”. Y se sentó junto al pastor. Las botas le estaban matando. Degustó el queso, que le supo como le sabía el queso cuando tenía forma de queso y no forma de triángulo metido en un plástico. Y ya se sabe, un buen queso puede tener efectos tan alucinógenos como el LSD. Sobre todo si no se ha probado en años… ya que no sale de la máquina tragamonedas de la sala del café.
Así que embriagado por los aromas de aquel queso, el jefe de proyectos no pudo evitar decir: “señor pastor, lo suyo si que es vida”. El pastor le miro, sin decir nada. “Todo el día dedicado a usted mismo, con sus fieles recursos que nunca se oponen a su voluntad, que saben lo que deben hacer sin que nadie se lo diga, que no están todo el día exigiendo y pensando en irse a su hora a casa. Lo que daría yo por estar en su situación…” continuó el jefe.






