Por: Max Ugax
“El Internet ignora los tres conceptos básicos de la física: el tiempo, la masa y el espacio”. Arno Penzias, premio Nóbel de física de 1978
La digitalización
La clave para entender el desafío planteado por Arno Penzias está en el proceso conocido como digitalización, que es la acción y efecto de digitalizar; y digitalizar es expresar los datos en forma digital, es la acción de convertir la información, en cualquiera de sus formas, en impulsos eléctricos que podemos luego almacenar, copiar, procesar e incluso distribuir por las redes de comunicación en cuestión de segundos.
Esos impulsos eléctricos representan unos si son positivos y ceros si son negativos. La combinación de unos y ceros hace posible gracias a acuerdos globales poder representar de esta manera cualquier forma de información, sea ésta datos, textos, sonidos o imágenes. La digitalización ha venido madurando en los últimos 40 años, a partir de los llamados procesadores de señal digital, cuyo poder ha aumentando exponencialmente al punto en el que hoy podemos convertir en unos y ceros desde un documento de texto hasta una película de cine completa. Pero la digitalización ya no es sólo la conversión de información en unos y ceros sino que hoy, gracias a la red digital pública global llamada Internet, la digitalización permite liberar la información de sus contenedores físicos (desde el papel hasta los propios objetos que retratamos), es decir de la masa. Además podemos tener acceso a esa información desde cualquier lugar del mundo, liberados de las restricciones de espacio y en cualquier momento, liberados de las restricciones de tiempo. Allí radica el poder de la digitalización para cambiar la forma en que el mundo funciona, incluidas algunas de las leyes económicas sobre las que nuestras empresas basan sus supuestos y decisiones, como veremos más adelante.
Durante el siglo XX hemos sido testigos de cómo en la economía industrial el capital, tanto en forma de dinero como de bienes productivos (fábricas y máquinas) era la fuente principal de la generación de riqueza. Cualquier idea requería de alguna forma de capital físico para poder ser viable, para poder llegar al mercado, para poder ser transada. El trabajo era otro factor de la producción pero se alquilaba por horas y era fácilmente reemplazable por la mayor oferta de trabajo y gracias a la división del trabajo en tareas simples y repetitivas. Por esta relación entre el capital y el trabajo era el propietario del capital el que tenía derecho a la plusvalía generada por la transacción de los bienes producidos en el mercado.
La revolución digital
Nada hubiera cambiado si es que no se hubiera producido la denominada revolución digital. Aquella no ha sido una revolución tecnológica como muchos piensan, sino mas bien una revolución económica. En un largo proceso de casi cuatro décadas el costo de la digitalización y de las telecomunicaciones (transmisión digital a cualquier lugar del mundo) bajó dramáticamente hasta el punto de estar a disposición de prácticamente cualquier empresa en el mundo sin importar su tamaño, su ubicación geográfica y el capital del que disponga. A principios de los años 60, un computador IBM 360 costaba dos millones de dólares aproximadamente. Sólo las grandes corporaciones estaban en condiciones de aprovecharlas.






